miércoles, 2 de noviembre de 2011

Las márgenes del infinito


Las márgenes del infinito

Una luz tenue y mansa se cuela por una pequeña ventana en el pequeño estudio donde Laura tiene su ordenador y un montón descomunal de libros desperdigados. Allí, en ese pequeño y acogedor espacio, ella y William se dedican a estudiar las antiguas profecías sobre el fin del mundo para un trabajo de la universidad. Allí, en ese pequeño lugar en donde resulta inevitable, a gusto él, y a gusto ella, respirar la leve atmósfera perfumada que emana de los papeles, los cuadernos, los libros que hablan sobre la cultura maya y los mil adornos y pequeños abolorios que se hallan sobre un oscuro y austero escritorio de cedro.
Él y ella se ven concentrados en su tarea, sin la más mínima intención de querer percatarse de que, en su silencio, un aura sinuosa de atracción parece flotar en el ambiente.
-El mundo no se acabará en el 2012 –asegura ella, de repente, y no muy consciente del impacto que su suave y melosa voz, allí, trabando solos, le causa a William.
-¿Cómo lo sabes? –indaga él, mientras la tonalidad de su voz se sumerge en un océano insospechado de nerviosismo.
-Es fácil –contesta ella con una tímida sonrisa- el vasto e indescifrable infinito es infinito, porque no tiene fin. Así de sencillo.
-El amor también es infinito –agrega William, sin saber muy bien por qué, y ambos callan. Él seguía poniéndose nervioso. No podía evitarlo. Siempre que se enamora siente que una fuerza metempírica e incomprensible hilvana una madeja de sentimientos y emociones que lo sumerge en una nube etérea de felicidad, aun cuando, en realidad, él sea el que siempre termina hecho una madeja de nervios.
Laura lleva varios minutos ojeando los libros con dedicación, como si olfateara en el tiempo. Sus ávidos ojos, que hasta el momento habían estado prestos para hallar el más mínimo indicio de información acerca del fin del mundo, sin embargo, voltean a mirar a William prestos a recibir cualquier tipo de señal que delate alguna confesión del chico; una confesión de amor, por supuesto.
Y en parte, así fue. Cuando ella volteó a verlo, en los ojos de él sobrenadaba el deseo de querer recorrer en los ojos de ella la galaxia, y el deseo de querer conservar la sonrisa más bella de ella en lo más profundo e íntimo de su férvida memoria. También el deseo de que el aroma de ella fuera como ese fresco y leve rocío que lo cubre todas las mañanas, o el deseo no menos íntimo de querer recorrer la silueta de aquella joven mujer, de bailar con ella mil canciones románticas, de escucharla hablar de amor, o de que con su cálida sonrisa ella inspire su ser durante todos los días que le quedan por vivir. Tan enamorado se sentía William que, de repente, tras un silencio arrobador, le soltó a ella un: “Te amo y siempre te amaré”.
-Y, ¿cuánto es exactamente “siempre”? –quiso saber ella mientras lo miraba fijamente y soplaba un mechón de su cabello castallo que en forma atrevida y desafiantemente pretendía entrar en su boca.
William no dijo nada. Pensaba que algún día sobrevendría el fin del mundo y eso lo hacía querer vivir y desear. Y así, llevado por una pulsión infinita y desbocada de pasión, él decidió guardar los deseos de sus ojos y de su corazón, no en un austero escritorio de cedro, ni en las hojas de sus cuadernos, sino en los labios de ella y en la vasta e insinuante amplitud de su piel. Esa misma piel que oculta y delimita el infinito, pensó él, y pensó ella. Esa misma piel que encierra un caudal rico e inacabable llamado amor.
Para Laura, por lo menos, estaba claro. “Siempre”, es más allá del fin de este mundo.

DATOS DEL AUTOR

Nombre completo: Miguel Ángel Guerrero Ramos

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