martes, 1 de noviembre de 2011

Cuentos


Del infierno a tu presencia en un instante
He olvidado ya los infinitos matices que vibran desbordando color de todo objeto que es alcanzado por los rayos del sol, en mi condición de esclavo he contado una a una miles de noches y las inclementes jornadas a marcha forzada al interior de ésta mina inician antes que la aurora se dibuje sobre éstas tierras y terminan cuando ya la Luna gobierna el firmamento han hecho que olvide la sensación del sol en mi piel,  el aroma del rocío que llegaba hasta nuestras sabanas cuando la mañana embargaba todo el espacio y yacíamos allí; soñando juntos, fundidos en el más profundo abrazo. E incluso es posible que sumido en un delirio absurdo causado por el calor infernal que sofoca mi alma al interior de la tierra; olvide quien soy, pero jamás se desvanecerá el recuerdo de tus besos en mis labios, pues aún cuando consumido por el fuego calcinante de la locura, agobiado por las palabras que las rocas hacia mi lanzaran sabría que es tan cierto que las paredes me hablan como es innegable que te amo de manera inconmensurable, que mi alma está tatuada con tu esencia y habitas en aquella profundidad donde nada ni nadie puede gobernar.
Entro en ésta mina cada día, arrastrando no sólo enormes grilletes atados por cadenas sino también el peso insoportable de la distancia que me separa de tu presencia. Mientras todos se empeñan en jugar a arrancar piedras preciosas del seno de la tierra, yo uso mi cincel para tallar sobre las paredes versos con la  esperanza inamovible de que un día pueda recitarlos como suaves susurros cerca a tu oído, sintiendo tu exquisito aroma, deleitándome con la infinidad que se esconde en una mirada tuya e iluminado por el resplandor de tu sonrisa. Todos se preguntan por qué mis ojos no se iluminan cuando encuentro una gigantesca roca de esas que emiten una ligera refulgencia. Pero… ¿Cómo maravillarme con algo tan vano? Si te he visto sonreír y disipar el ébano de las noches donde la Luna hace sentir su ausencia para abrirnos paso entre la oscuridad con rumbo a nuestra morada nocturna, donde dormíamos sobre un colchón hecho de esponjadas nubes, resguardados del frío por una manta tejida con sueños bajo un techo de estrellas  de luz palpitante, donde tan sólo el paisaje nocturno era testigo de nuestro idilio. Mas lejos de ti el transcurrir de mis noches ha cambiado, ahora mientras tardo en conciliar el sueño fraguo mi plan de escape, repaso una y otra vez la rutina de seguridad en mi mente en busca de un vacío, de un pasaje que me permita huir lejos de aquí. Mas el profundo temor hiela mis huesos, pues recuerdo haber escuchado algo del cruento castigo que espera a aquellos que intentan desertar. Cuenta la historia que quienes atrapan intentando fugarse son encerrados en lo más alto de una torre de tales proporciones que si se está parado cerca ni siquiera inclinando totalmente la mirada hacia arriba logra verse su cúspide, donde el frío paraliza el cuerpo, sin nada de beber y tan solo el moho que crece entre los ladrillos de las paredes para alimentarse, sin embargo he decidido intentar escapar mañana, si he de fallar en el intento y estar destinado a morir en aquella torre poco me importa. ¿para qué vida si no es contigo musa mía?.
Despierto por el sonido de un madero que golpea las resquebrajadas tablas que constituyen la puerta de mi cubículo, camino fuera de él y entro a la mina como de costumbre rumbo a la profundidad, intentando esconder a toda costa el miedo que me invade. Pronto llegará el momento en que desaten mis cadenas para empezar a trabajar y será justo ahí cuando correré por el túnel que lleva fuera de éste infierno, correré hasta el fin del mundo de ser necesario para encontrarte, poder en un profundo beso contarte cuan amargo fue este tiempo lejos de ti, cómo tu recuerdo me mantuvo vivo y abrazarte para nunca más soltarte.
Me encontraba allí, a dos pasos del centinela encargado de abrir los cerrojos, mirándolo fijamente a los ojos como de costumbre, avancé hacia él sintiendo el tiempo denso, como si algo le impidiera correr como lo hace de costumbre, escuchando cada uno de mis latidos retumbar como tambores que anuncian que se avecina la hora de la verdad. Así frente a frente retiró las cadenas de mis manos. Me quedé allí parado dudando por un instante, de golpe me catapulté en un salto, corrí sin mirar atrás, sin saber a donde iba, guiado tan solo por la tenue luz del interior que ésta oscuridad devora, sabía que si lograba llegar al exterior sería fácil ocultarme en la espesa selva, creía estar cerca pues comenzaba a sentir la vaga brisa que logra colarse por entre las tinieblas, ya con el sabor sublime de la libertad en mi boca una soga cortó mis anhelos cual sable, tropecé y fui apresado rápidamente para ser llevado a la torre. Es tan alta que la historia se queda corta al describirla o quizás no hay exageración que la describa, mas no estaba dispuesto a morir de sed congelado por el vehemente frío que arremetía sin cesar contra mi. Decidí estrellarme contra las paredes con todas mis fuerzas una y otra vez a fin de quitarme la vida. Después de un par de horas yacía tendido en el suelo, con cada uno de mis huesos hechos añicos, sintiendo la profunda desdicha de que las heridas no traerían consigo la muerte rápidamente, agobiado por un intenso dolor lloré con amargura y de pronto un suave sonido hizo que abriera mis ojos ya abiertos, el sonido de un beso tuyo plasmado en mi boca dibujando en mi una sonrisa…
-Fue solo una pesadilla- Susurré
- ¿Qué dices?
-Que jamás te dejaré ir Amada mía.

Gustavo Adolfo Gutiérrez Gómez


EFIMERA BELLEZA
El charco que se formó en medio del primoroso jardín encantado, muy pronto se llenó de sapos y ranas quienes procrearon en él. Al tiempo, llegaron unos gansos y se almorzaron a los renacuajos; tan sólo se salvó uno porque se escondió debajo del lodo. Por la noche salió y se refugió en medio de las espinas de los rosales. Aquí creció junto con las matas. Un día observó que el rosal tenía un hermoso capullo del cual brotó una mágica flor que se convirtió en la más espléndida del jardín. Quiso saludarla. Una vez que contempló, más de cerca, aquel esplendor hecho belleza, se enamoró profundamente.
__ ¡Hola! Le dijo__. Más al verlo, le pareció sumamente feo, le ordenó que se marchara lejos de su presencia. El pobre desdichado se retiró del encantado lugar. Durante varios días permaneció triste, enajenado y sin poder dormir. Hasta que no pudo más y salió en su búsqueda.
Pero cual grande no sería su sorpresa al ver que por el aire se esparcían los pétalos, ya marchitos, y sin fragancia alguna, de la que fue la más espléndida flor.
Autor: JAIRO MANUEL SÁNCHEZ HOYOS.

En la cumbre de la colina.

El grisáceo cielo apareció de repente, segundos después una empinada colina y luego, en su cumbre, un enorme manzano.
Desde donde yo estaba era difícil distinguir la silueta tumbada bajo la sombra del árbol. Pero algo en ella me resultaba extremadamente familiar.
Sin mucho esfuerzo camine hasta la cima. El viento soplaba con fuerza y las ramas del manzano temblaban nerviosas.
La silueta, quien en realidad era una hermosa muchacha, levantó la cabeza. Sus cabellos eran largos y negros y sus grises ojos estaban empapados por las lágrimas.
-          Victoria no llores – dije intentando controlar el deseo de lanzarme hacia ella y besarla.
-           ¡Lucas! – exclamó sobresaltada, no entendí el motivo de su sorpresa, todo se trataba de un sueño. Ese era el único medio en que la naturaleza me permitía verla. Más de una sensación se apodero de mí. Con la voz temblorosa dije:
-          Hola – no se me ocurría nada más que decir, las piernas no me respondían, estaba petrificado.
-          ¿Estas vivo? – preguntó mientras se ponía en pie. Frotó sus ojos y luego exclamó - ¡Estas vivo!
-          No lo estoy, es solo un sueño – no quería que se hiciera falsas esperanzas. Estaba muerto, eso era un hecho, pero a pesar que mi corazón había dejado de latir, la seguía amando con la misma intensidad que en vida.
-          ¿Por qué me abandonaste? – sus ojos dejaron escapar varias lagrimas que corrieron por sus pecosas mejillas.
-          ¡no llores! – le ordené. Me sentía culpable por haber muerto de una manera tan estúpida. Mi único y ultimo error fue no mirar a los lados antes de cruzar la calle – eres mi vida (e incluso mi muerte) te esperare.
-          ¿Cuánto tiempo falta para nuestro reencuentro? Puedo dejar de vivir si es necesario.
-          No lo hagas.
El sol había salido y su luz intentaba colarse por una rendija de la ventana. Contemple a victoria por unos segundos y justo antes que abriera los ojos me desvanecí.
No podía seguir en sus sueños. Ella merecía rehacer su vida y olvidarme. Con el transcurrir de los años pase de ser su primer amor a un feliz recuerdo.
Debía resignarme a que no nos volveríamos a ver, si la perseguía ella podía enloquecer por vivir aferrada al pasado y en el mundo de los vivos yo solo era un fantasma.
A medida que los años transcurrían, su felicidad aumentaba. Se había casado y tenía una hija. Me deslice por las sombras ocultando mi pena. El amor no era egoísta, me alegraba que ella hubiese encontrado la felicidad.
Me senté bajo la sombra de un árbol.
-          Lucas – exclamó la voz de victoria. Mire a todos los lados, pero solo eran las jugarretas de la cruel realidad.
Habían pasado muchos años, era un día tormentoso y la lluvia caía con estrepito. Sin previo aviso aparecí debajo del Manzano. Victoria se abalanzó hacia mí.
-          De nuevo juntos – dijo sonriente. Ya no nos separaba la vida. La tome de la mano y la bese con todas mis fuerzas. El único testigo de nuestro amor fue el manzano de la cumbre de la colina.

Cesar José Mora Moreo.


Abril

El aliento febril de las rosas se filtraba por los ventanales, viajaban desde el jardín violeta de San Martín y adornaban el aire con un perfume delicioso a muchas hectáreas de su redonda. Abrió los ojos plácidamente y respiró profundamente el poderoso aroma, sintió que se llenaba de la pureza descontaminada de la naturaleza y del bienestar de las increíbles mañanas de abril. El sol explotaba en rojos vivos sobre las nubes impasibles que caminaban sin afán sobre el azul suavizado del cielo infinito. Miró a su espalda y se hallaba tendida sobre la cama una silueta de mujer. Una sonrisa melancólica se dibujó en el rostro inmóvil. La amaba desde hace ya muchos ayeres pero poco hacía para recordárselo, la máscara hizo el intento de enseñarse lúgubre y se resolvió en un gesto misterioso contagiado de tristeza. La flor se sintió presionada por alguna mirada curiosa, se agitó y quitándose las pesadillas de los párpados y los rizos amarillentos de la frente, observó con esmero. Mientras él divagaba en los recuerdos de su insensatez, ella se hacía al encuentro de sus ojos. El cuadro era casi mágico, en él, se dibujaban las nubes manchadas por lo vivaz del rojo puro, los brillos del sol destellaban haciendo ángulo sobre el hombre que se iluminaba como una divinidad sobre el marco del ventanal enmarcado en roble. El hombre observaba con los ojos perdidos de un enamorado y en los ojos de ella el azul parecía fuego que se incendiaba con estupor. No importaba lo que hubiesen sido, no importaba lo que eran. El ahora se detenía en el diálogo mudo de las pupilas de dos extraños, el tiempo no ocurría, el espacio estaba apagado. Se derritió en el aire de la habitación lo romántico del aroma de los rosales de San Martín. Ambos sintieron el amor impregnarse sobre los poros inocentes de sus pieles. Vaciló y en apenas un susurro trémulo, más a manera de secreto, musitó desde el paisaje matinal un “te amo”. Los delicados labios respondieron exponiendo sobre el lienzo fino, la sonrisa de aquellos quienes son, o se hacen creer, testigos de la lucidez fugaz del amor verdadero, las cejas se juntaron y los ojos opacados miraban con ternura. Una lágrima delineó la felicidad sobre la mejilla, se desvió por la curvatura del gesto y cayó sobre el tendido. Afuera de la habitación solamente se esbozaba lo irreal de aquellas mañanas sosiegas de abril.

Nicolás Eduardo Escobar Pinzón.


INSOMNIO

Llevaba catorce noches sin dormir. El cansancio se reflejaba en sus ojos desorbitados, en sus parpados ojerosos. Se preparaba para ir a la cama como de costumbre aunque sabía que esa luna tampoco conciliaría el sueño. Mientras abotonaba su camisón iba contando ovejas, pero el reflejo propio en el espejo era tan espeluznante que llegó hasta cinco y las malditas se dispersaron asustadas. Terminó de ponerse la pijama sin esperanzas de dejar tranquila la almohada y se asomó a la ventana pensando que las estrellas no correrían si las usaba para arrullarse. Pero aquel otro intento tampoco funcionó. -¡Qué fracaso!- se dijo.
Se acostó por fin a mirar el techo de la habitación que encerraba sus miedos y debilidades detrás de carteles, poemas y fotos… y cartas y más cartas.
Esperaba que sonara el despertador y el amanecer obligara a la noche a irse al otro lado del mundo; y como es costumbre en este universo, las manecillas del reloj se movieron lentamente con un quejoso tic tac que martillaba su cabeza.
Se preguntaba en un dialogo consigo mismo qué diablos significaba en realidad el insomnio, y las hipótesis iban llegando como balazos, se le paraban en frente, le hacían muecas y el les pegaba con los cojines y nada que llegaba una respuesta concreta. Tal vez este dichoso insomnio era una enfermedad. Pero además de su mente retorcida, en su cuerpo todo funcionaba a la perfección. Quizá por exceso de trabajo, o porque tomaba demasiado café. Se propuso comprar descafeinado y siguió inquiriendo hasta la llegada de los primeros rayos del gran astro, que, a propósito, odiaba por no dejarlo caminar en paz cuando iba por la calle. Estaba medio consciente de que su falta de descanso le haría ver rarezas constantemente como le había pasado el día anterior; una señora mostrona suicidándose en el parque central, un tipo comiéndose la pintura de la alcaldía y quién sabe qué otras porquerías e insensateces. Sus fantasías empezaron cuando se levantó de la cama y vio ante sus ojos la rubia de ojos claros que le dijo un adiós por siempre la semana antepasada. ¡Claro! exactamente hace catorce días ella se había llevado su corazón.

Valentina López Hurtado



Entre dos

– ¿Qué es el amor? – pregunta ignorante la novia. –El amor, el amor simplemente es amor – responde el novio tocando la mano de su amada. – ¿Y dura para siempre? – responde la novia apartando la vista del horizonte y mirando los ojos perdidos de su amado. –Sí supiéramos eso, no temeríamos a la muerte – dice él. –Sí no tuviéramos miedo a la muerte, no sería lo mismo amar – dice ella. La conversación continúa durante varias horas, no tienen preocupaciones, la única existente es la posibilidad remota de que ese momento perfecto termine, los jóvenes no tienen más pensamientos en su mente que respirar y amar.
– ¿Qué es la perfección? – pregunta ella. –Es algo eterno e inmutable, como este momento, eterno e inmutable en nuestra memoria – responde él mientras el viento sopla en medio de la pradera; una que otra hoja seca que dejo el otoño se levanta y se ve a lo lejos, en medio de ese cálido atardecer, mientras descansan el uno sobre el otro, protegidos por la sobra de ese pino solitario entre los demás.
La hermosa joven pregunta entonces con una vos tenue y cariñosa: – ¿Qué es amar? – Él responde satírico –Esto es amar. Ella sonríe con lágrimas en los ojos, mientras el viento despeina su hermoso pelo castaño y dice –Amar es sencillo, no fácil. El novio mira hacia el cielo, naranja y rojo, con algunas nubes que tienen los mismos tonos y entonces dice –El amor es perfecto, es estable, es sencillo, y sencillo debe ser el que ama. El viento trae varios aromas, varios sonidos que se dispersan en su propio eco, entre esos sonidos los ‘’te amo’’ que se disparan mutuamente entre ellos, pero este sonido es diferente, este a diferencia de los otros se queda allí, germinando, viviendo, resonando eternamente.
Esa tarde perfecta sigue allí, no se mueve, no cambia, respira suave como siempre lo ha hecho, pero trasmite tantas cosas que los dos enamorados nunca paran de aprender, el simple echo de escuchar el silencio, mientras ella se recuesta en su pecho musculoso, mientras sus labios sensuales se besan, mientras el huele el aroma de su pelo, ya es suficiente armonía para escuchar durante toda una vida.
Siguen pasando las horas y el viento sopla igual que siempre, el sol sigue en el mismo sitio del cielo perfectamente alineado con las nubes para que no los encandelille con su brillo, lo único que cambia son ellos, sus conversaciones y pequeños movimientos. Lentamente se acarician, este momento para ellos no tiene           fin. Entonces él dice –Nunca olvides este momento, amor, nunca –  ella nostálgica le responde –Sí olvidara este momento, me estaría olvidando a mí misma, te estaría olvidando a ti, estaría olvidando que es amar. – ¿Recordarás este momento cada vez que sea necesario? – pregunta él, y ella responde mirándolo a los ojos y tocando su barba negra y espesa –No solo cuando sea necesario, lo recordare siempre.                         
El empieza a toser, ella lo mira con una expresión melancólica, y le dice –Aquí viviremos por siempre – entonces él repone –Lo sé, pero ¿estarás bien sin mi? – Ella con el corazón en la mano le responde mientras él aclara su garganta –Nunca estaré sin ti y tú nunca estarás sin mí, lo sabes bien. Entonces él sonríe y le dice con sus labios secos y arrugados y con su vos moribunda y gastada –Entonces volveré, por última vez, te besaré y luego te esperare aquí, justo aquí. Ella se acerca a él, quien vuelve a oler su pelo, pero este pelo ya no es castaño, es blanco, desteñido y lleno de canas, entonces ella se recuesta en su pecho, pero este pecho ya no es fuerte ni musculoso, ahora es la barriga descuidada de un abuelo, y entonces se besan, pero sus labios ya no son los mismos labios sensuales que eran antes y el sol ya no está allí pintando ese eterno atardecer, ahora yace oculto entre las colinas, y esa brisa cálida ya no es cálida, ahora siquiera hay brisa, y la pradera, esa hermosa pradera, ya no está, hay solo un cuarto apagado mientras afuera cae la nieve, la única luz que hay es la de una pequeña lámpara que está al lado de la camilla donde se encuentra el novio, ese novio que renace apuesto y principiante después de un beso, un beso que vale más que cualquier despedida, un solo beso que resume todo lo vivido, el último beso, ese que lo lleva a aquella pradera, en la cual esperará a su amada una vez más, en donde serán siempre jóvenes, en donde serán siempre únicos, en donde serán siempre eternos.

Martín Zamudio Espinel