lunes, 24 de octubre de 2011

PARA SOÑAR POR SIEMPRE



Y el rayo de la mañana golpeó sin piedad su rostro, y en un gesto, disputado entre el dolor y la cólera, Leandro abrió los ojos. Otra vez retornaba a la realidad. Se lanzó del lecho; corrió presuroso el pasador de la ventana, por cuyo quicio se había filtrado el heraldo de su molestia, y separó en dos las hojas, dejando que el nuevo día terminase de besar por entera su humanidad. Y allí estaba en el jardín, como todos los días desde mucho antes de clarear el alba, Azucena, aquella que había roto la frívola monotonía de su vida. Había arribado siete meses atrás al palacio, y desde el primer momento en que cruzó su mirada con Leandro, convirtieronse el uno para el otro, cual víctimas de un embrujo, en profundo océano del que ya jamás habrían de poder salir. Desde aquel día, cada uno fue braza que consumiera la vida del otro. Sus vacíos se llenaron, sus segundos marcharon al abismo de la eternidad, bajo una misma tonada. Más a su vehemente idilio, pronto estarían los escollos, el contraste de condición, que para desdicha de los adolescentes no surtía efecto en el corazón, abriría gran brecha entre los dos, quitándoles así toda posibilidad de cercanía. Oprimidos pues, por la absurda tradición, se vieron obligados a trasladar su amor a lo intangible, y se amaron desde entonces en el sueño. No obstante, más temprano que tarde, habrían de darse cuenta de lo corta que era la noche para amarse cuanto se querían amar. Fue así, como aquella mañana, en que Leandro, ya cansado de que el día le arrebatara a su amada, decidió prolongar sus besos y sus caricias, por siempre.
Entró al escondido, al aposento de su padre, y extrajo de una mesa de noche un frasco con somníferos. Repartió el contenido en dos pequeños recipientes, en dosis iguales, uno lo guardó para él y el otro lo puso al interior de una bandeja -terminado el almuerzo- junto a una pequeña carta, en la cual manifestaba a Azucena, su deseo de desgastarse por siempre al lado de ella, en medio de nubes color de rosa y arco iris de matices infinitos.
Nombre de autor: Diego Alejandro Medina Rayo

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