miércoles, 2 de noviembre de 2011

Tres cuerpos


Tres cuerpos
Porqué tu falta de recuperación es  progresiva, porqué la mejoría no quiere llegar, porqué otros si lo consiguen. Y  a  pesar de conocer exactamente la imposibilidad  que tienes, deseo escribirte. 

Momentos, como los que  ahora atravesamos nos unen tras el coma, que te hirió  y que con el tiempo asumo lentamente.

Nuestra convivencia ha perdido gran parte de su contenido, su suministro de amor, tantas dosis de amistad, de pasión, de compañerismo duermen contigo el sueño del coma. Mi urgencia es que tú salgas de este terrible shock, poder liberarte del limbo en el que estás sumido, por ello trato de suministrarte interés por la vida, probarte, con mis manos en las tuyas, el amor que siento por tu cuerpo dañado. Inerte en un sueño artificial, un cuerpo en el que lucha un anhelante corazón.

Miguel me embeleso en tus ojos atrofiados, inútiles para toda realidad, en tu perfil elegante y en la tristeza de tu rostro. Mientras, articulo frases estimulantes, destinadas a unos oídos que me prometen sordos. Aseguran que lo mejor está aún por llegar, doy las gracias y trato de ser amable con médicos y enfermeras, aunque no sé exactamente que me anuncian, si un avance o una catástrofe. Esto me obliga a multiplicar mi atención por ti aún más, ante el anhelo de una nueva y definitiva fase.

Cada día sueño con un logro conseguido, y no llega, alguna idea que llevar a la práctica,  y que te permita escucharme, sentirme cerca; un estímulo para tu cerebro que se encuentra en cero.

Muchos de nuestros órganos ya tienen sustitutos. Corazones, riñones, hígados, prótesis artificiales. Para tu cerebro terminal ¿qué tiene la ciencia, qué bomba vital nos recarga las neuronas perdidas, plenas de experiencias e  ilusiones, y las   del alma? Ahí dentro,  en el encéfalo se nos van adosando los recuerdos pasados, las emociones presentes, y los  sentimientos futuros.

Ahora gracias a la escasez de estos reflejos, inevitablemente, quedamos los dos heridos. A nuestros cuerpos los mecía el mismo viento, les calentaba el mismo sol, les velaba la misma noche.  Miguel pido para ti una válvula sofisticada, que pueda salvarte, potenciando el esfuerzo de tu cerebro enfermo, que no puede reaccionar.

Recuerdas aquella alquimia que se implantaba en nuestros ojos, tras el impulso agitado de nuestros deseos.

Vivo, y soy esponja seca, sin aire, solo empapada de dolor. Contigo mi vida se había instalado en una burbuja con malla protectora, que tú, día a día  construías, para que no callera.

 Es tanto lo que deseo tu mejoría, que a veces pienso en esta enfermedad, como si de una dolencia común se tratará. En mis sueños, en mis ilusiones infundadas, te veo curado, saliendo de esta habitación, la 125, después de un año, o de lo que haga falta, con una gran sonrisa en la boca y tu antigua  mirada en los ojos, cogidos de la mano dispuestos a comenzar de nuevo, como si tal cosa.

La esperanza riega una y otra vez mis horas secas, mis ideas más áridas.
Miguel ya han pasado cuatro semanas de aquella carta que deposité en tu cartera, dentro del armarito, por la mañana, en tu habitación del hospital y que escribí en ese mismo lugar, empapada en vanas esperanzas.

 Hoy camino por estos pasillos de la primera planta, custodiada por nuestros hijos. El equipo médico desea hablar con nosotros, nos han citado a los cuatro en el despacho del director, desean informarnos, acerca de tres pacientes, posibles receptores, que esperan ilusionados nuestra decisión, y un trasplante. Han sido entresacados de una larguísima  lista de espera, compuesta por cientos de  enfermos terminales, como lo eras tú, hasta hace solo cuatro horas.
Desean nuestra colaboración y tu cuerpo, para hacer de ellos personas nuevas, quieren brindarles el  acceso a  otra oportunidad, que a ti la vida no te ha ofrecido.

Inevitablemente, hemos quedado destrozados por tanto dolor como tu ausencia nos ha dejado, pero esta energía tan negativa, logra a veces aligerarse, ante el recuerdo de un  sueño cumplido, el  de tres personas que se han agarrado a la vida, y esta las conduce por el camino más importante  de todos los caminos. El largo recorrido de la vida y sus rincones. La suerte los llevó a ti, nosotros te llevamos a ellos, y así vemos cumplido el sueño de saberte conectado y  vivo en estos tres cuerpos, ya sanos.

AUTOR: 
Calamanda Nevado Cerro

REGRESO ESCARLATA


REGRESO ESCARLATA
Los desniveles del camino hacían saltar  la silla rodante, la cabeza de Tiberio chocaba con su pecho, sus ojos permanecían fijos en el piso, el dedo anular de su mano derecha  rozaba con caucho del circulo rodante,   produciéndole un molesto ardor sin embargo lo soportaba por evitar el cansancio que le provocaba hablar, cuando entraron al instituto, sangrientas gotas  mancharon la esmaltada cerámica del piso, una enfermera de movimientos robóticos limpió las rojas manchas, puso  una venda en el dedo de Tiberio y le indico a Arnia la ubicación de la sala de espera  para fumadores, sonriente la mujer envuelta en un apretado vestido rojo acaricio  al  anciano en la cabeza y agradeció la amabilidad de la enfermera a quien siguió atentamente con la mirada mientras esta arrastraba la silla por el pasillo hasta perderse tras unas puertas.
El procedimiento consistía primero en las extirpación de órganos deteriorados conservando  la funciones vitales del envejecido hombre   mediante aparatos electrónicos,  seguidamente el cuerpo era sumergido en una sustancia viscosa compuesta por  millones  microorganismos sintéticos de alta ingeniería nanobiotica  armonizados  con los rasgos genéticos del paciente capaces rehabilitar, regenerar y reconstituir cualquier célula viviente. Tiberio permanecería tres horas siete minutos en el tanque,  luego el proceso habría terminado. Sin contenerse emitió un grito lleno de espanto, quiso  retroceder, no haber llegado a ese momento, entregarse al descanso de la muerte  sin embargo era tarde,  ya estaba conectado a la maquina, su alarido solo fue un mugido  ahogado en una mascarilla respiratoria desechable.
En la sala de espera para fumadores solo estaba Arnia sentada a sus anchas ocupando dos banquetas,  con sus codos apoyados en las rodillas, dejaba fluir el humo dentro de su cuerpo con naturalidad, el hombre se asusto al entrar y ver tan singular escena, quedo anonadado al ver esa bella mujer exponiendo todas sus formas apenas disfrazadas  escarlata, sus hombros quedaban descubiertos, la tela finalizaba antes de las rodillas, la torpeza del macho lo domino, ella no se inmuto aunque  sus ojos se posaron en él unos segundos,  al instante  regresaron al humo. Donde  se sentó podía verle la ropa interior, el negro encaje le agitaba el corazón, ella solo se movía para chupar el  cigarro, al cabo de una hora y tres cajetillas, se decidió a hablarle:
_ acompaño a un amigo
Arnia sonrío amablemente, no dijo nada
_ Tu que haces?
_Espero
La respuesta desconcertó al hombre. Pasaron  veinte minutos antes de pronunciar otra palabra, tratando de distraer su atención  de la ropa interior de la mujer puso la mirada en el cigarrillo, no había notado que se acabara desde su entrada, en efecto a pesar del ritmo de fumar el largo del tabaquillo no disminuía,  al fin pudo decir con temblorosa voz:
_ ¿es uno de esos cigarrillos eléctricos?
- No
 _ ¿y donde compro uno de esos?
_ no los venden
_ (el hombre ganado en confianza)  Donde los consigo
_ Con migo. Por primera vez en casi dos horas cambio de posición, se apoyo en el respaldo de la silla abriendo sus brazos exponiendo la belleza infinita que acaricia con destellos a los poetas, su  compañero de espera   dijo tartamudeando sudoroso:
_ ¿Cómo?
Arnia se rió  estruendosamente disfrutaba al máximo de la palabra, musitaba entre sus carcajadas _ como_ como, se burlaba del hombre cada vez mas asustado, al fin paró la burla, poso una mirada penetrante en el rostro pálido del tipo y bajó el vestido descubriendo su seno,  tan fluida como quien se desviste solitaria en la intimidad, se acariciaba inocentemente el pezón mientras   su cara adoptaba amable gesto. El hombre se   acerco lentamente, con cada acercamiento Arnia.  El afortunado macho se acerco lentamente,  unos centímetros antes  de tocarla se detuvo, la mujer  en ese momento  se apretó el pezón haciendo pinza  su pulgar y su índice, un blancuzco liquido broto;  la voz robótica de otra enfermera anuncio a la señora que ya podía recoger el paciente. Arnia se lamió  los dedos sin dejar de sonreír, apago el eterno cigarro con la humedad de sus labios, cubrió su pecho  y se puso enfrente del hombre, le dio dos palmadas en la cara diciéndole en total alegría:
_ despierta hombre,  despierta.
Con dos rápidos movimiéntos fraccionados  la enfermera puso a Tiberio  en brazos de Arnia, todo había salido bien, el pequeño  rezongaba entre los brazos femeninos revolcando las rojas telas, con inigualable ternura la mujer descubrió se pecho y amamanto al niño recibiendo al mismo tiempo un cochecito blanco que arrastro con una sola mano,  devuelta por el desnivelado camino.
Andes moreno Ramírez 

¿Me quieres?


¿Me quieres?

            « ¿Me quieres?». «Te quiero». « ¿Cuánto?, ¿cómo?» « ¿Cómo?… No lo sé, no alcanzo a elucidarlo… ¿Cuánto?… No lo columbro, sólo sé que te quiero más que ayer y de seguro menos que mañana». » ¿Hasta el cielo?». «Más allá». « ¿Hasta Marte?». «Hasta amarte». « ¿Hasta amarme?, ¿eso dijiste?». «Eso dije». «Sonó como si no me amaras todavía». «Tú sabes que yo…». «Yo sé que tú no sientes, que tú no dices nada». «Te he dicho en todos los tonos de la escala musical, en do sostenido y en sol mayor, incluso hasta rayar en el cansancio, que te quiero». «Porque yo lo pregunto».
            «Da igual». «No, igual no da, no es lo mismo sumergirse que darse un chapuzón. Igual ya estás cansado». «Cansado de muchas cosas que tú, en tu tozudez, no ves y que te tornan patética e inaguantable». « ¿De cuáles cosas?, si es que puedo enterarme». « ¡Para qué!… Tú sólo escuchas lo que te conviene, o manipulas los hechos, o armas telenovelas fofas en donde la protagonista llorona y humillada siempre es la misma, tú y sólo tú». «Anda, termina de acusar, termina de desenvainar tu cimitarra».
            «No quiero iniciar hostilidades, no quiero enredarme en una reyerta conyugal». « ¡Qué tal si lo quisieras!». «¿Qué insinúas?»... «No insinúo un comino. Digo con todos los puntos sobre las íes que tú comienzas a graznar con cuajo y desparpajo las consabidas fórmulas de los inconformes cobardes, a pensar que es menester escupir macanas, acusar al contrario, decirle que esto y que lo otro, que patatín, que patatán. Tomas aliento, te llenas los pulmones de aire para enfriarme la sopa pero al cabo no sueltas prenda, te quedas callado en la mitad del soplo».
            «A qué enredarme en discusiones bizantinas». «Cobarde, perillán». «Si lo soy, ¿por qué sigues prosternada a mi vera, demandando mi amor, armando camorra y reivindicando sensiblerías mariconas?». «Porque me niego rotundamente a aceptar que alguna vez pude albergar en mi alma un sentimiento noble por un cadáver insepulto, por un zombi impasible guarro y desangelado como tú». «No gastes cacumen buscando una respuesta a dicho sortilegio. Jamás, ni ayer ni hoy, ni conmigo ni con los tres langarutos que me precedieron en tu catre fullero albergaste el más mínimo sentimiento, noble o rastrero, efímero o perdurable. Haces el paripé alardeando de fastos que no vistes, haces bochinche con el protervo y único  fin de llamar la atención».
            «Tu atención que, con todo lo cínica y zahareña sigue motivándome a seguir adelante». « ¿En pos de Marte?». «En pos de amarte más y más, así piense tu madre que se me corrió la teja». «No saques a bailar a mi mamá en este bolero pringoso». « ¡Estaré para bailes!». «Que estés o que no estés, ése no es mi problema». «Tu problema es escurrir el bulto entre bromas y veras, encerrarte a cal y canto en tus tinieblas abisales mientras el halo de nuestra relación bulle como una gusanera».
            «Bulle tu cantaleta pejiguera merced a cada tormenta que urdes, preparas y cocinas». « ¡Menuda barragana que te tocó en suerte!». «¡En hora mala!». «Lo dicho, para ti soy la quintaesencia de lo demoníaco». «La sexta». « ¿Tienes algo más que agregar?».
            «Que a veces me gustan tus pucheros, que a veces me fascinan tus melindres y repulgos, que bebo los aires por ti». «Te creo, cómo no voy a creerte después de dejarme en boca de todo el mundo con gran lujo de ditirambos». «Despreocúpate, loca. En Marte no entienden nuestro idioma». «Picotero, barbián».
            «Cuando una mujer bella ríe, la bolsa de alguien llora». «De la mujer y el dinero, no te burles caballero». «Como si no supiera que nuestros devaneos sentimentales siempre terminan entre risas y chirigotas». « ¿Cuándo crecerás?». «Cuando las ranas echen plumas». « ¿Y mientras tanto me querrás?». «Más cada día». « ¿Hasta el cielo?». «Más allá». « ¿Hasta Marte?». «Hasta Plutón, para no comenzar de nuevo esta morralla».
José Aristóbulo Ramírez Barrero

Invisible


Invisible

Valentín se durmió como todas las noches pensando en ella y aquella noche, una como cualquiera salió a buscarla. El alma de Valentín se fue separando lentamente de su cuerpo, primero una mano, luego la otra y paulatinamente se percato de que su cuerpo perdía el control y finalmente se detuvo a observarse a si mismo dormido.
Valentín finalmente salió de la habitación algo temeroso, nunca antes la había dejado sin su cuerpo, previo a cruzar la puerta de su dormitorio, creyó conveniente encender la luz para guiarse en el regreso, la luz de ningún modo se prendió. Valentín salió afanoso. Cruzando el pasillo fue reconociendo los lugares de la casa, el baño, la otra habitación, la cocina y el salón, encontró una ventana abierta y por ella salió.
Camino las calles tratando de recordar los lugares donde la había visto, pregunto por ella pero nadie lo escucho, busco una señal pero nadie siquiera lo vio. Valentín siguió su camino, estaba seguro de encontrar a su amor.
Las horas pasaron y Valentín cansado fue buscando mas despacio, amaneció y en aquella ciudad de ruidos, luces y gente Valentín se extravió. Sin remedio se sentó en el puesto de flores pidiendo por que Luciana regresara. Cuando descubrió el sonido de su voz, cuando levanto sus ojos y la vio, supo que sería capaz de cambiar el mundo y amarla para siempre.
Valentín espero hasta que sintió cerca las manos de Luciana que llenas de flores se confundían con pétalos suaves de colores. Tomándola fuerte en aquel lugar callado, Valentín la abrazo, la beso y le conto de su amor, ella no lo escucho, no lo sintió, ni lo entendió.
Caminando a casa feliz se dio cuenta que volaba, la vio y eso le bastaba. Valentín regreso a buscar su cuerpo, pero aquel día algo ocurrió, ya era de mañana, la luz entraba por la ventana y sonaba el despertador, Valentín nunca se levanto.
Valentín vio su casa y entro, pasó por el corredor, vio la cocina, la habitación, el baño y entro por la puerta de su habitación, Valentín ahora acompañado de sus familiares no tenía salvación, ni la luz, ni el viento, ni los sonidos del día pudieron avisarle, el falleció.
Valentín ya muerto entendió que cuando no somos amados somos invisibles para la otra persona, fue en aquel instante que Valentín realmente murió.

FIN

Nombre del autor: Mainer Esteban Herrera Guerrero

martes, 1 de noviembre de 2011

Cuentos


Del infierno a tu presencia en un instante
He olvidado ya los infinitos matices que vibran desbordando color de todo objeto que es alcanzado por los rayos del sol, en mi condición de esclavo he contado una a una miles de noches y las inclementes jornadas a marcha forzada al interior de ésta mina inician antes que la aurora se dibuje sobre éstas tierras y terminan cuando ya la Luna gobierna el firmamento han hecho que olvide la sensación del sol en mi piel,  el aroma del rocío que llegaba hasta nuestras sabanas cuando la mañana embargaba todo el espacio y yacíamos allí; soñando juntos, fundidos en el más profundo abrazo. E incluso es posible que sumido en un delirio absurdo causado por el calor infernal que sofoca mi alma al interior de la tierra; olvide quien soy, pero jamás se desvanecerá el recuerdo de tus besos en mis labios, pues aún cuando consumido por el fuego calcinante de la locura, agobiado por las palabras que las rocas hacia mi lanzaran sabría que es tan cierto que las paredes me hablan como es innegable que te amo de manera inconmensurable, que mi alma está tatuada con tu esencia y habitas en aquella profundidad donde nada ni nadie puede gobernar.
Entro en ésta mina cada día, arrastrando no sólo enormes grilletes atados por cadenas sino también el peso insoportable de la distancia que me separa de tu presencia. Mientras todos se empeñan en jugar a arrancar piedras preciosas del seno de la tierra, yo uso mi cincel para tallar sobre las paredes versos con la  esperanza inamovible de que un día pueda recitarlos como suaves susurros cerca a tu oído, sintiendo tu exquisito aroma, deleitándome con la infinidad que se esconde en una mirada tuya e iluminado por el resplandor de tu sonrisa. Todos se preguntan por qué mis ojos no se iluminan cuando encuentro una gigantesca roca de esas que emiten una ligera refulgencia. Pero… ¿Cómo maravillarme con algo tan vano? Si te he visto sonreír y disipar el ébano de las noches donde la Luna hace sentir su ausencia para abrirnos paso entre la oscuridad con rumbo a nuestra morada nocturna, donde dormíamos sobre un colchón hecho de esponjadas nubes, resguardados del frío por una manta tejida con sueños bajo un techo de estrellas  de luz palpitante, donde tan sólo el paisaje nocturno era testigo de nuestro idilio. Mas lejos de ti el transcurrir de mis noches ha cambiado, ahora mientras tardo en conciliar el sueño fraguo mi plan de escape, repaso una y otra vez la rutina de seguridad en mi mente en busca de un vacío, de un pasaje que me permita huir lejos de aquí. Mas el profundo temor hiela mis huesos, pues recuerdo haber escuchado algo del cruento castigo que espera a aquellos que intentan desertar. Cuenta la historia que quienes atrapan intentando fugarse son encerrados en lo más alto de una torre de tales proporciones que si se está parado cerca ni siquiera inclinando totalmente la mirada hacia arriba logra verse su cúspide, donde el frío paraliza el cuerpo, sin nada de beber y tan solo el moho que crece entre los ladrillos de las paredes para alimentarse, sin embargo he decidido intentar escapar mañana, si he de fallar en el intento y estar destinado a morir en aquella torre poco me importa. ¿para qué vida si no es contigo musa mía?.
Despierto por el sonido de un madero que golpea las resquebrajadas tablas que constituyen la puerta de mi cubículo, camino fuera de él y entro a la mina como de costumbre rumbo a la profundidad, intentando esconder a toda costa el miedo que me invade. Pronto llegará el momento en que desaten mis cadenas para empezar a trabajar y será justo ahí cuando correré por el túnel que lleva fuera de éste infierno, correré hasta el fin del mundo de ser necesario para encontrarte, poder en un profundo beso contarte cuan amargo fue este tiempo lejos de ti, cómo tu recuerdo me mantuvo vivo y abrazarte para nunca más soltarte.
Me encontraba allí, a dos pasos del centinela encargado de abrir los cerrojos, mirándolo fijamente a los ojos como de costumbre, avancé hacia él sintiendo el tiempo denso, como si algo le impidiera correr como lo hace de costumbre, escuchando cada uno de mis latidos retumbar como tambores que anuncian que se avecina la hora de la verdad. Así frente a frente retiró las cadenas de mis manos. Me quedé allí parado dudando por un instante, de golpe me catapulté en un salto, corrí sin mirar atrás, sin saber a donde iba, guiado tan solo por la tenue luz del interior que ésta oscuridad devora, sabía que si lograba llegar al exterior sería fácil ocultarme en la espesa selva, creía estar cerca pues comenzaba a sentir la vaga brisa que logra colarse por entre las tinieblas, ya con el sabor sublime de la libertad en mi boca una soga cortó mis anhelos cual sable, tropecé y fui apresado rápidamente para ser llevado a la torre. Es tan alta que la historia se queda corta al describirla o quizás no hay exageración que la describa, mas no estaba dispuesto a morir de sed congelado por el vehemente frío que arremetía sin cesar contra mi. Decidí estrellarme contra las paredes con todas mis fuerzas una y otra vez a fin de quitarme la vida. Después de un par de horas yacía tendido en el suelo, con cada uno de mis huesos hechos añicos, sintiendo la profunda desdicha de que las heridas no traerían consigo la muerte rápidamente, agobiado por un intenso dolor lloré con amargura y de pronto un suave sonido hizo que abriera mis ojos ya abiertos, el sonido de un beso tuyo plasmado en mi boca dibujando en mi una sonrisa…
-Fue solo una pesadilla- Susurré
- ¿Qué dices?
-Que jamás te dejaré ir Amada mía.

Gustavo Adolfo Gutiérrez Gómez


EFIMERA BELLEZA
El charco que se formó en medio del primoroso jardín encantado, muy pronto se llenó de sapos y ranas quienes procrearon en él. Al tiempo, llegaron unos gansos y se almorzaron a los renacuajos; tan sólo se salvó uno porque se escondió debajo del lodo. Por la noche salió y se refugió en medio de las espinas de los rosales. Aquí creció junto con las matas. Un día observó que el rosal tenía un hermoso capullo del cual brotó una mágica flor que se convirtió en la más espléndida del jardín. Quiso saludarla. Una vez que contempló, más de cerca, aquel esplendor hecho belleza, se enamoró profundamente.
__ ¡Hola! Le dijo__. Más al verlo, le pareció sumamente feo, le ordenó que se marchara lejos de su presencia. El pobre desdichado se retiró del encantado lugar. Durante varios días permaneció triste, enajenado y sin poder dormir. Hasta que no pudo más y salió en su búsqueda.
Pero cual grande no sería su sorpresa al ver que por el aire se esparcían los pétalos, ya marchitos, y sin fragancia alguna, de la que fue la más espléndida flor.
Autor: JAIRO MANUEL SÁNCHEZ HOYOS.

En la cumbre de la colina.

El grisáceo cielo apareció de repente, segundos después una empinada colina y luego, en su cumbre, un enorme manzano.
Desde donde yo estaba era difícil distinguir la silueta tumbada bajo la sombra del árbol. Pero algo en ella me resultaba extremadamente familiar.
Sin mucho esfuerzo camine hasta la cima. El viento soplaba con fuerza y las ramas del manzano temblaban nerviosas.
La silueta, quien en realidad era una hermosa muchacha, levantó la cabeza. Sus cabellos eran largos y negros y sus grises ojos estaban empapados por las lágrimas.
-          Victoria no llores – dije intentando controlar el deseo de lanzarme hacia ella y besarla.
-           ¡Lucas! – exclamó sobresaltada, no entendí el motivo de su sorpresa, todo se trataba de un sueño. Ese era el único medio en que la naturaleza me permitía verla. Más de una sensación se apodero de mí. Con la voz temblorosa dije:
-          Hola – no se me ocurría nada más que decir, las piernas no me respondían, estaba petrificado.
-          ¿Estas vivo? – preguntó mientras se ponía en pie. Frotó sus ojos y luego exclamó - ¡Estas vivo!
-          No lo estoy, es solo un sueño – no quería que se hiciera falsas esperanzas. Estaba muerto, eso era un hecho, pero a pesar que mi corazón había dejado de latir, la seguía amando con la misma intensidad que en vida.
-          ¿Por qué me abandonaste? – sus ojos dejaron escapar varias lagrimas que corrieron por sus pecosas mejillas.
-          ¡no llores! – le ordené. Me sentía culpable por haber muerto de una manera tan estúpida. Mi único y ultimo error fue no mirar a los lados antes de cruzar la calle – eres mi vida (e incluso mi muerte) te esperare.
-          ¿Cuánto tiempo falta para nuestro reencuentro? Puedo dejar de vivir si es necesario.
-          No lo hagas.
El sol había salido y su luz intentaba colarse por una rendija de la ventana. Contemple a victoria por unos segundos y justo antes que abriera los ojos me desvanecí.
No podía seguir en sus sueños. Ella merecía rehacer su vida y olvidarme. Con el transcurrir de los años pase de ser su primer amor a un feliz recuerdo.
Debía resignarme a que no nos volveríamos a ver, si la perseguía ella podía enloquecer por vivir aferrada al pasado y en el mundo de los vivos yo solo era un fantasma.
A medida que los años transcurrían, su felicidad aumentaba. Se había casado y tenía una hija. Me deslice por las sombras ocultando mi pena. El amor no era egoísta, me alegraba que ella hubiese encontrado la felicidad.
Me senté bajo la sombra de un árbol.
-          Lucas – exclamó la voz de victoria. Mire a todos los lados, pero solo eran las jugarretas de la cruel realidad.
Habían pasado muchos años, era un día tormentoso y la lluvia caía con estrepito. Sin previo aviso aparecí debajo del Manzano. Victoria se abalanzó hacia mí.
-          De nuevo juntos – dijo sonriente. Ya no nos separaba la vida. La tome de la mano y la bese con todas mis fuerzas. El único testigo de nuestro amor fue el manzano de la cumbre de la colina.

Cesar José Mora Moreo.


Abril

El aliento febril de las rosas se filtraba por los ventanales, viajaban desde el jardín violeta de San Martín y adornaban el aire con un perfume delicioso a muchas hectáreas de su redonda. Abrió los ojos plácidamente y respiró profundamente el poderoso aroma, sintió que se llenaba de la pureza descontaminada de la naturaleza y del bienestar de las increíbles mañanas de abril. El sol explotaba en rojos vivos sobre las nubes impasibles que caminaban sin afán sobre el azul suavizado del cielo infinito. Miró a su espalda y se hallaba tendida sobre la cama una silueta de mujer. Una sonrisa melancólica se dibujó en el rostro inmóvil. La amaba desde hace ya muchos ayeres pero poco hacía para recordárselo, la máscara hizo el intento de enseñarse lúgubre y se resolvió en un gesto misterioso contagiado de tristeza. La flor se sintió presionada por alguna mirada curiosa, se agitó y quitándose las pesadillas de los párpados y los rizos amarillentos de la frente, observó con esmero. Mientras él divagaba en los recuerdos de su insensatez, ella se hacía al encuentro de sus ojos. El cuadro era casi mágico, en él, se dibujaban las nubes manchadas por lo vivaz del rojo puro, los brillos del sol destellaban haciendo ángulo sobre el hombre que se iluminaba como una divinidad sobre el marco del ventanal enmarcado en roble. El hombre observaba con los ojos perdidos de un enamorado y en los ojos de ella el azul parecía fuego que se incendiaba con estupor. No importaba lo que hubiesen sido, no importaba lo que eran. El ahora se detenía en el diálogo mudo de las pupilas de dos extraños, el tiempo no ocurría, el espacio estaba apagado. Se derritió en el aire de la habitación lo romántico del aroma de los rosales de San Martín. Ambos sintieron el amor impregnarse sobre los poros inocentes de sus pieles. Vaciló y en apenas un susurro trémulo, más a manera de secreto, musitó desde el paisaje matinal un “te amo”. Los delicados labios respondieron exponiendo sobre el lienzo fino, la sonrisa de aquellos quienes son, o se hacen creer, testigos de la lucidez fugaz del amor verdadero, las cejas se juntaron y los ojos opacados miraban con ternura. Una lágrima delineó la felicidad sobre la mejilla, se desvió por la curvatura del gesto y cayó sobre el tendido. Afuera de la habitación solamente se esbozaba lo irreal de aquellas mañanas sosiegas de abril.

Nicolás Eduardo Escobar Pinzón.


INSOMNIO

Llevaba catorce noches sin dormir. El cansancio se reflejaba en sus ojos desorbitados, en sus parpados ojerosos. Se preparaba para ir a la cama como de costumbre aunque sabía que esa luna tampoco conciliaría el sueño. Mientras abotonaba su camisón iba contando ovejas, pero el reflejo propio en el espejo era tan espeluznante que llegó hasta cinco y las malditas se dispersaron asustadas. Terminó de ponerse la pijama sin esperanzas de dejar tranquila la almohada y se asomó a la ventana pensando que las estrellas no correrían si las usaba para arrullarse. Pero aquel otro intento tampoco funcionó. -¡Qué fracaso!- se dijo.
Se acostó por fin a mirar el techo de la habitación que encerraba sus miedos y debilidades detrás de carteles, poemas y fotos… y cartas y más cartas.
Esperaba que sonara el despertador y el amanecer obligara a la noche a irse al otro lado del mundo; y como es costumbre en este universo, las manecillas del reloj se movieron lentamente con un quejoso tic tac que martillaba su cabeza.
Se preguntaba en un dialogo consigo mismo qué diablos significaba en realidad el insomnio, y las hipótesis iban llegando como balazos, se le paraban en frente, le hacían muecas y el les pegaba con los cojines y nada que llegaba una respuesta concreta. Tal vez este dichoso insomnio era una enfermedad. Pero además de su mente retorcida, en su cuerpo todo funcionaba a la perfección. Quizá por exceso de trabajo, o porque tomaba demasiado café. Se propuso comprar descafeinado y siguió inquiriendo hasta la llegada de los primeros rayos del gran astro, que, a propósito, odiaba por no dejarlo caminar en paz cuando iba por la calle. Estaba medio consciente de que su falta de descanso le haría ver rarezas constantemente como le había pasado el día anterior; una señora mostrona suicidándose en el parque central, un tipo comiéndose la pintura de la alcaldía y quién sabe qué otras porquerías e insensateces. Sus fantasías empezaron cuando se levantó de la cama y vio ante sus ojos la rubia de ojos claros que le dijo un adiós por siempre la semana antepasada. ¡Claro! exactamente hace catorce días ella se había llevado su corazón.

Valentina López Hurtado



Entre dos

– ¿Qué es el amor? – pregunta ignorante la novia. –El amor, el amor simplemente es amor – responde el novio tocando la mano de su amada. – ¿Y dura para siempre? – responde la novia apartando la vista del horizonte y mirando los ojos perdidos de su amado. –Sí supiéramos eso, no temeríamos a la muerte – dice él. –Sí no tuviéramos miedo a la muerte, no sería lo mismo amar – dice ella. La conversación continúa durante varias horas, no tienen preocupaciones, la única existente es la posibilidad remota de que ese momento perfecto termine, los jóvenes no tienen más pensamientos en su mente que respirar y amar.
– ¿Qué es la perfección? – pregunta ella. –Es algo eterno e inmutable, como este momento, eterno e inmutable en nuestra memoria – responde él mientras el viento sopla en medio de la pradera; una que otra hoja seca que dejo el otoño se levanta y se ve a lo lejos, en medio de ese cálido atardecer, mientras descansan el uno sobre el otro, protegidos por la sobra de ese pino solitario entre los demás.
La hermosa joven pregunta entonces con una vos tenue y cariñosa: – ¿Qué es amar? – Él responde satírico –Esto es amar. Ella sonríe con lágrimas en los ojos, mientras el viento despeina su hermoso pelo castaño y dice –Amar es sencillo, no fácil. El novio mira hacia el cielo, naranja y rojo, con algunas nubes que tienen los mismos tonos y entonces dice –El amor es perfecto, es estable, es sencillo, y sencillo debe ser el que ama. El viento trae varios aromas, varios sonidos que se dispersan en su propio eco, entre esos sonidos los ‘’te amo’’ que se disparan mutuamente entre ellos, pero este sonido es diferente, este a diferencia de los otros se queda allí, germinando, viviendo, resonando eternamente.
Esa tarde perfecta sigue allí, no se mueve, no cambia, respira suave como siempre lo ha hecho, pero trasmite tantas cosas que los dos enamorados nunca paran de aprender, el simple echo de escuchar el silencio, mientras ella se recuesta en su pecho musculoso, mientras sus labios sensuales se besan, mientras el huele el aroma de su pelo, ya es suficiente armonía para escuchar durante toda una vida.
Siguen pasando las horas y el viento sopla igual que siempre, el sol sigue en el mismo sitio del cielo perfectamente alineado con las nubes para que no los encandelille con su brillo, lo único que cambia son ellos, sus conversaciones y pequeños movimientos. Lentamente se acarician, este momento para ellos no tiene           fin. Entonces él dice –Nunca olvides este momento, amor, nunca –  ella nostálgica le responde –Sí olvidara este momento, me estaría olvidando a mí misma, te estaría olvidando a ti, estaría olvidando que es amar. – ¿Recordarás este momento cada vez que sea necesario? – pregunta él, y ella responde mirándolo a los ojos y tocando su barba negra y espesa –No solo cuando sea necesario, lo recordare siempre.                         
El empieza a toser, ella lo mira con una expresión melancólica, y le dice –Aquí viviremos por siempre – entonces él repone –Lo sé, pero ¿estarás bien sin mi? – Ella con el corazón en la mano le responde mientras él aclara su garganta –Nunca estaré sin ti y tú nunca estarás sin mí, lo sabes bien. Entonces él sonríe y le dice con sus labios secos y arrugados y con su vos moribunda y gastada –Entonces volveré, por última vez, te besaré y luego te esperare aquí, justo aquí. Ella se acerca a él, quien vuelve a oler su pelo, pero este pelo ya no es castaño, es blanco, desteñido y lleno de canas, entonces ella se recuesta en su pecho, pero este pecho ya no es fuerte ni musculoso, ahora es la barriga descuidada de un abuelo, y entonces se besan, pero sus labios ya no son los mismos labios sensuales que eran antes y el sol ya no está allí pintando ese eterno atardecer, ahora yace oculto entre las colinas, y esa brisa cálida ya no es cálida, ahora siquiera hay brisa, y la pradera, esa hermosa pradera, ya no está, hay solo un cuarto apagado mientras afuera cae la nieve, la única luz que hay es la de una pequeña lámpara que está al lado de la camilla donde se encuentra el novio, ese novio que renace apuesto y principiante después de un beso, un beso que vale más que cualquier despedida, un solo beso que resume todo lo vivido, el último beso, ese que lo lleva a aquella pradera, en la cual esperará a su amada una vez más, en donde serán siempre jóvenes, en donde serán siempre únicos, en donde serán siempre eternos.

Martín Zamudio Espinel